PAJARES DE LA LAMPREANA

Villa de la Tierra del Pan
 

  


  1. Anécdotas de viajes por África y América 
  2. de Gerardo González Calvo



El espíritu de las piedras

Hay en Zimbabue un poblado habitado exclusivamente por artistas que tallan la piedra; se llama Tengenenge (se pronuncia Tenguenengue) y se encuentra a más de cien kilómetros al norte de Harare. En 1990 visité este singular poblado. Lo primero que me llamó la atención, al entrar en Tengenenge, fue la profusión de esculturas que parecían plantadas en la tierra, entre árboles frondosos. Era un espectáculo insólito y mágico.

El mentor de este poblado de artistas fue Tom Blomefield, un sudafricano blanco que llegó a la antigua Rhodesia para montar una granja y descubrió el talento de los shonas para la escultura. Blomefield tenía un aspecto macizo y sonrosado, con una cabellera y barbas blancas que le conferían un aire patriarcal. “Estos artistas –me dijo– no quieren abandonar su poblado, porque aquí se inspiran. Como auténticos shonas, creen que cada animal y cada planta lleva un espíritu o una materia particular; tratan de materializar en la piedra estas características. La piedra tiene la forma dentro y hay que sacarla no solo con la maza y el cincel; primero hay que verla en el espíritu, porque la obra de arte es un espíritu que se manifiesta en el artista”.

En Tengenenge vivían entonces sesenta familias dedicadas a la escultura. Trabajaban sobre todo la serpentina y la soapstone o piedra jabón, muy suave y blanda. La fama de este poblado de artistas rebasó incluso las fronteras de Zimbabue. Veintidós de sus esculturas fueron compradas por el diplomático español Fernando Riquelme y forman parte del patrimonio de la Agencia Española de Cooperación Internacional.

Estuve también ese mismo año en Malaui en otro poblado de artistas. Fue en Ku-Ngoni, cerca del monte Dedza. Lo fundó el misionero canadiense Claude Boucher, de los Padres Blancos. Este misionero estaba considerado el mejor conocedor de la cultura achewa, hasta el punto de que era un verdadero achewa: fue adoptado como hijo por una familia local y le pusieron el nombre de Chisale, uno de los principales clanes de Malaui.

 “Ku-Ngoni –me dijo el P. Boucher– es sobre todo un centro de concienciación. Intentamos desarrollar el sentido de la propia estima. Uno de los principales problemas que sufrimos en la sociedad y en la Iglesia de Malaui es un complejo de inferioridad muy profundo, porque siempre se les ha dicho que lo que tienen no sirve para nada, que carecen de valores. Así actuó la colonización y, de alguna manera, la propia Iglesia. La gente tiene, por eso, la tentación de mirar hacia afuera para creer en algo que merezca la pena. Los jóvenes artistas que se forman aquí se sienten ahora orgullosos de su cultura y piensan que agrada a Cristo, hasta tal punto que nuestra negritud de Malaui es digna de que el Señor se encarne en ella y se convierta en su cuerpo”. Poco tiempo después pude admirar en la sede de Missio de Munich algunas obras grandiosas, tanto por su volumen como por su belleza, realizadas por artistas de Ku-Ngoni.

En Tengenenge compré dos piedras talladas, lógicamente no muy grandes, y en Ku-Ngoni un Cristo de ébano que tiene en la cruz un gesto sereno, dos bajorrelieves con escenas rurales y dos figuras que representan una máscara de antepasado y una mujer con su hijo a la espalda.

 Fumigación del coche

Santa Elena de Uairén es la capital de la Gran Sabana venezolana, en el Estado de Bolívar. Está rodeada de Tepuyes o mesetas. Fue fundada en 1923 por el farmacéutico valenciano Lucas Fernández Peña y debe el nombre a su hija Elena y al río Uairén que discurre por allí. No era nuestro destino, sino el paso necesario para llegar a Pacaraima, la línea fronteriza entre Venezuela y Brasil. Santa Elena se encuentra a 1.380 kilómetros al sur de Caracas. Hacia allí nos encaminamos en coche mi hermana Teresa, su marido Joaquín, mi mujer y yo, después de pernoctar en las inmediaciones de Las Claritas, en otro tiempo habitada por miles de buscadores de oro; solo quedaban casetas destartaladas. Era el 15 de julio de 1992. En la aduana, los guardias brasileños nos ordenaron salir del coche. Abrieron las puertas y fumigaron con spray el interior del coche. Ante mi cara de asombro, Joaquín me explicó que oficialmente lo hacían para evitar la fiebre amarilla, pero que realmente era una forma de humillar a los venezolanos. Acabada su labor “sanitaria”, los guardias aduaneros nos comentaron con una sonrisa: “Que les vaya bonito”. Nos fue realmente bonito; ya en Brasil, comimos abundantes carnes variadas hechas a la brasa espetadas en grandes estoques. 

Brotes verdes

Angarabat es un minipoblado de cabañas desparramadas en medio de un paraje calcinado por el sol. Pertenece a Katilo (Kenia), hogar de los turkana. Paseaba con el comboniano P. Daniel Villaverde sobre una tierra árida y reseca. Junto a las cabañas había algunas mujeres embadurnadas de grasa y con collares de aros y abalorios multicolores. Eran las tres de la tarde y no se veía ningún hombre. “Están recostados en el interior de la cabaña”, me aseguró el P. Villaverde. De tanto en tanto, surgían algunos termiteros rojizos. El sol era implacable. Habría no menos de 45 grados a la sombra. Sudaba a chorros.

Se acercaron a nosotros algunos chiquillos con la mano extendida. Tenían el cuerpo cubierto de polvo. Una niña me tocó tímidamente el brazo. Estaba descalza, llevaba un vestido andrajoso y tenía unos ojos vivarachos. Le atusé el cabello crespo y se rió. Seguí con la entrevista casi acezando.

De vuelta a la misión de Katilo el terreno apareció agrietado por la sequía. Desde lo alto del jeep en que viajaba se veía un suelo arrugado, pero brotaban en él dos pequeñas ramas verdes. Me comentó el P. Villaverde: “Mira, esos brotes verdes son el símbolo de nuestro trabajo entre los turkana”.

  Las deudas pendientes

Naivasha se encuentra en las inmediaciones del Rift Valley de Kenia. Tiene unos 40.000 habitantes, en su inmensa mayoría kikuyu, gente tenaz y laboriosa. Aquí trabajó varios años el misionero el comboniano P. Santiago Jiménez, soriano de Ólvega. Al día siguiente de llegar yo a Naivasha, en el verano de 1977, le dijeron al P. Santiago que había fallecido un anciano cristiano. Nos acercamos inmediatamente al poblado del difunto. El P. Santiago ofició la misa de corpore insepulto.

Más que un poblado era un recinto vallado con una empalizada; había dos cabañas y un granero. Me sorprendió no ver ninguna señal de tristeza en familiares y amigos, sentados en el suelo, al mismo nivel que el ataúd, de madera clara. Después de la misa, se procedió al entierro en una fosa excavada a unos 30 metros de las cabañas. Antes abrieron la tapa del ataúd. Uno de los hijos ensalzó las virtudes del padre y narró sus hazañas. Fue un panegírico en toda regla, según me contó después el P. Santiago. Otro hijo preguntó a los presentes si su padre tenía alguna deuda pendiente con alguien. Nadie reclamó nada. Era la última oportunidad que tenían de hacerlo. Si hubiera debido algo, los hijos se harían cargo de sus deudas. Una vez enterrado, nadie podía reclamar nada.

Durante el entierro propiamente dicho, se entonaron cantos y los asistentes danzaron con mucho respeto. Sobre la tumba se colocaron algunas flores. Cuando concluyó el entierro, se sirvió un pequeño refrigerio con cerveza local; unas mujeres pasaron un plato para recoger dinero entre los asistentes. Yo también colaboré y varias mujeres aplaudieron. Me contó después el P. Santiago que en estas inmediaciones del Rift Valley se filmó la serie de TV Nacida libre.

 Una dote de diez vacas

En la misión de Kacheliba había una escuela de primaria y secundaria para chicas, dirigida por las misioneras combonianas. Me pidieron que fuera a ver a las jóvenes de secundaria para saludarlas. Lo hice encantado. Les dije que era español y fui directamente al grano. Les comenté que había visto a unas chicas con largos vestidos negros y la cara pintada de blanco, porque les habían hecho la mutilación genital. Les dije que seguramente muchas de ellas estaban también mutiladas. Se produjo un gran silencio. Continué: “Pero es muy probable que vuestras hijas no lo estarán, porque tenéis una cultura que vuestras madres no pudieron tener”.

Después de la clase, varias chicas fueron a saludarme. Algunas eran muy hermosas. Les dije que tenía una hija y un hijo. “¿Solo dos?”, me preguntó una de ellas. Asentí. Después les pregunté cuántas vacas tenía que pagar a la familia por la dote para casar a mi hijo con una de ellas. Varias chicas abrieron las manos y me mostraron los diez dedos, es decir, diez vacas. Contra lo que puede creerse, la dote no es una compraventa, sino el aval para que perdure el matrimonio, porque, si un marido desea separarse de su mujer, solo se le exige que devuelva la dote a su familia. Además, es una compensación al clan de la mujer por privarle de una persona que lo enriquece con los hijos.

La posesión de ganado vacuno ha sido tradicionalmente el símbolo de la riqueza de los pokot. Y también la causa de peleas –antes con lanzas, ahora con Kaláshnikov– con los poblados vecinos e incluso con los karimoyón de Uganda. Los pokot tienen la convicción de que Dios les ha dado a ellos todo el ganado del mundo; por eso, creen que no lo roban, sino que toman lo que es suyo cuando asaltan los poblados vecinos para llevarse el ganado. Claro que sus pueblos rivales creen también que Dios les ha dado a ellos el ganado. 

La picardía de los pokot

Asistí en Kacheliba en 1991 a un harambee o reunión de autoayuda comunitaria, muy extendido en Kenia. En él participaban el P. Felipe Castrejana y un numeroso grupo de hombres. Iban a dialogar sobre la contribución que estos podían hacer para construir unas letrinas. La misión pondría el cemento, los ladrillos y la uralita; ellos debían colaborar con mano de obra. El diálogo se prolongó sin llegar a ningún acuerdo. Quise echar una mano y le comenté al P. Felipe: “Diles que les regalaré un saco de maíz por su trabajo”. Cuando se lo comunicó, los hombres prorrumpieron en un prolongado aplauso. Al cabo de un rato, se levantó uno de ellos y preguntó si el saco de maíz era por lo que ya habían hecho (amontonar tres o cuatro sacos de arena) o por lo que tenían que hacer. Le informé al P. Felipe: “Diles que naturalmente es por el trabajo que tienen que realizar”.

Muy listos y astutos estos pokot. Casi todos estaban sentados parsimoniosamente en un apoyacabezas. Muchos llevaban como única indumentaria una tela multicolor y desvaída, a modo de clámide, y una lanza en la mano. Algunos meses antes había visto en el Museo Británico de Londres decenas de apoyacabezas rudimentarios de la época de los faraones egipcios. El P. Felipe los disculpó y me aseguró: “Los pokot son pobres, pero tienen una gran riqueza interior. No toman a mal nada de lo que les sucede en la vida, no se rebelan. En una ocasión estábamos rezando en la iglesia para implorar la lluvia. Se había secado todo y no tenían ya nada que llevarse a la boca. La situación era trágica. Yo, para tentarles un poco, les dije: ‘A lo mejor, Dios se ha olvidado de vosotros’. Sus respuestas me dejaron boquiabierto. Uno dijo con toda naturalidad: ‘No, padre, quién sabe por qué Dios hace esto; habrá encontrado a otros que lo necesiten más que nosotros`. Otro señaló: ‘Será que no nos hemos acordado suficientemente de Dios para que Él nos regale la lluvia’. Razonamientos cristianos de hondura”.

Me contó el P. Felipe, después de estas palabras, que los pokot tienen una manera muy especial de pedir las cosas. Por ejemplo, cuando desean que les ponga una película, le dicen: “Padre, danos de comer a los ojos”.

 

“Que tenga un buen día el señor padre”

En Luanda estaba haciendo fotografías al monumento en memoria de cuatro valientes mujeres que perdieron la vida mientras luchaban contra la colonización portuguesa. Después de fotografiar el monumento, me acerqué para hacer un primer plano a cada una de las heroínas: Lucrécia Paím, Engrácia Santos, Irene Cohen y Teresa Afonso. Cuando estaba guardando la cámara fotográfica en la bolsa, oí decir a mi lado: “Este monumento no se puede fotografiar porque pertenece al pueblo angolano”. Era un guardia pulcramente vestido; llevaba un pistolón al cinto y una porra. “Fueron unas mujeres heroicas”, le dije para congraciarme con él. “Sí, pero son mujeres del pueblo angolano”, me replicó frotando los dedos de la mano derecha. Era una señal inequívoca de pedir dinero. Le comenté que era huésped del arzobispo de Luanda, Mons. Damião António Franklin, y que me había autorizado a hacer fotografías en su archidiócesis. Al oír el nombre del arzobispo, el guardia se disculpó y, haciendo una reverencia, me dijo: “Que tenga un buen día el señor padre”. Me tomó por un sacerdote.


 “Air peut-être”

Me resultó hasta gracioso que a la compañía aérea Aire Zaire la llamaran popularmente “Air peut-être” (Air puede ser). Comprendí que no se trataba de una broma cuando, en el verano de 1977, aterrizó en Kisangani el avión en que viajaba procedente de Kinshasa. Estaba previsto que los pasajeros estaríamos en el aeropuerto de Kisangani unas cuatro horas, antes de tomar el vuelo en un Fokker F-27 con destino a Isiro. Entonces el aeropuerto de esta ciudad era de tierra batida y no podían aterrizar en él grandes aviones; los belgas estaban construyendo un nuevo aeropuerto. Por eso, había que hacer escala en Kisangani.

Pasaron las horas; cuando pregunté a un empleado del aeropuerto cuándo saldría el avión, me dijo encogiéndose de hombros: “Demaine, peut-être”. Ese mañana se demoró cinco días, y la compañía no se hizo cargo de los pasajeros. Por suerte, los misioneros combonianos tenían casa en Kisangani y me acogieron generosamente. Aproveché la oportunidad para hacer algunas entrevistas. Cuando, por fin, estuvo el Fokker disponible en la pista para volar a Isiro, surgió otro problema: habían despachado el doble de billetes de embarque de la capacidad que tenía el avión (40 pasajeros). ¿Motivo? Proporcionaban el billete de embarque después de dar una propia. ¿Quiénes subían al avión? Los que primero llegaran a todo correr por la pista.

   

Existía otro problema: la vuelta a Kisangani y después a Kinshasa. Había que estar muy atentos para ver cuándo llegaba a Isiro el Fokker F-27. Nadie lo podía saber. La única pista segura era verlo sobrevolando en el cielo para aterrizar; en ese momento era preciso ir al aeropuerto sin dilación, aunque después hubiera que esperar varias horas a que despegara. 


Yaya Isa y la niña embrujada

Se llama Isabel Correig, pero en la casa donde la conocí en 1996 la llamaban Yaya Isa, la hermana mayor. Esta casa se encontraba en la calle Movenda, en el barrio Kimbangu de Kinshasa, un arenal ennegrecido por la suciedad. Hasta allí llegaban los olores y el bullicio del Mercado Mariano, donde se vendía desde güsqui hasta pelucas rubias con mechas grises y rojas, que entonces hacían furor entre las jóvenes zaireñas. Isabel nació en Reus en 1940, ingresó en la Compañía Misionera en 1960 y nueve años después se encontraba en Zaire. En 1980 fundó con el sacerdote congoleño Philippe Nkiere y después obispo la asociaciónes Ekolo ya Bondeko (Pueblo de la Fraternidad), con dos lemas programáticos: Kofungola miso (Abrir los ojos) y Kofungola matema (Abrir el corazón).

En el patio de la casa había tres chicas muy jóvenes. Me contó Yaya Isa que una de ellas se llamaba Mtunda, tenía 14 años y vivía allí desde hacía año y medio. La llevaron unos vecinos que la encontraron en la calle. “¿Por qué estaba en la calle?”, le pregunté. Me informó: “Porque su familia la había echado de casa por considerarla ndoki, es decir, bruja. A esta chica no la podemos devolver todavía a su familia, porque la van a torturar, y no vamos a desperdiciar todo lo que hemos hecho. Se da el caso de chicas o chicos que tienen sida porque han llevado la vida que han llevado. La familia, avergonzada, les ha dicho: “No te queremos ver nunca, ni muerta”. Es muy duro, porque se trata de una maldición terrible en África.

Me dijo Yaya Isa que Mtunda todavía tenía miedo a todo lo relacionado con los espíritus, a la magia, a la brujería; pero que estaba cambiando poco a poco. “Al principio –me aseguró–, cuando entraba en la capilla no hacía más que llorar. Después empezó a hablar. Decía: “Señor, sé que existes; quiero empezar una nueva vida, no sé cómo, pero aquí estoy. Nunca había pensado poder llegar a un sitio donde me acogieran, ni poder entrar en una iglesia, pero yo no quiero llegar a hacer nunca más lo que he hecho de malo. Ayúdame”. Poco a poco, me comentó Yaya Isa con satisfacción, la oración se fue convirtiendo en un “perdona a mi familia todo el mal que me ha hecho”. 


Las maracas de mamá Rosa

Cuando vi a mamá Rosa, en el verano de 1996, en la parroquia de Saint Mbaga de Kimbanseke, barrio-ciudad a escasos kilómetros de Kinshasa, alzando dos maracas ante un grupo de mujeres me acordé de las maracas del popular cantante cubano Antonio Machín acompañando el ritmo de Angelitos negros. Era mamá Rosa, viuda y gran animadora de la comunidad cristiana. Sus maracas eran de latón y se asemejaban a dos conos soldados entre sí con un mango por empuñadura. De estatura mediana y con la liputa –tela multicolor– terciada a la cintura, llevaba el ritmo con gran desenvoltura y una precisión impecable.

Solo verla invitaba al regocijo. Sin embargo, su vida no había sido nada fácil, porque enviudó siendo todavía bastante joven y tuvo que afrontar las vejaciones que suelen producirse en estos casos. Con tesón, entusiasmo y mucha fe se preguntó un día qué podría hacer por las mujeres que, como ella, habían tenido la desgracia de quedarse viudas. Con el asesoramiento de la parroquia de Saint Mbaga puso en marcha el movimiento “Mujeres Solas con Jesús”. Ahora, cuando una mujer enviuda, mamá Rosa o alguna de las mujeres del movimiento van a verla y a protegerla de las acusaciones y del desprecio a que la someten los familiares del marido difunto. A veces acusan a la mujer de hechicería, la recluyen en casa durante varios meses y no le permiten ni siquiera ir a buscar agua. Está considerada impura a todos los efectos por haber tenido contacto con la muerte.

Mamá Rosa, además de presidir el movimiento de “Mujeres Solas con Jesús”, era la responsable de la comunidad de base de Saint Mbaga. Cuando enviudó, decidió dedicar su vida al servicio de la Iglesia. Mujeres como mamá Rosa ayudaban a vivir el cristianismo con autenticidad y compromiso en un país como Zaire, en donde lo más común era derrumbarse ante tantas adversidades.


 María Mayo, la Hermana Corazón

La zamorana Hna. María Mayo andaba por las arenosas calles del barrio-ciudad de Kimbanseke con mucha soltura; llevaba diez años en Zaire (actual República Democrática de Congo). Dominica de Granada, cuando la conocí en 1996 tenía 46 años y sabía mucho de situaciones de pobreza, marginación y e desamparo. Antes de ir a Zaire, en 1986, estuvo trabajando doce años como misionera en Colombia. Cuando la vi por primera vez en Kimbanseke, envuelta en la típica liputa de las mujeres zaireñas, me pareció una mujer valiente que sabe lo que quiere. No en vano estaba licenciada en Pedagogía, en Teología y en Ciencias Religiosas. Una religiosa con su formación podía vivir cómodamente en cualquier colegio de España. Sin embargo, quiso vivir con los desheredados. En Zaire pobres los había por todas partes, entre otras razones porque la economía era una ficción. “Vivir aquí –me dijo, mientras paseábamos por el barrio– es un milagro. Mira esos niños: en el mejor de los casos, comerán un puñado de arroz o de cacahuetes. Es probable que su padre sea funcionario o maestro, pero no cobra el salario desde hace un año y, si algún día lo cobra, apenas le servirá para nada porque la devaluación del zaire convertirá su salario en papel mojado”.

  

Los niños la llamaban cariñosamente Maser Matema, que en lingala quiere decir “Hermana Corazón”. Los africanos tienen una habilidad especial para crear lenguaje: maser es la aglutinación de ma soeur, que en francés suena ma ser. La Hna. María estaba contenta con este apodo. Y más cuando un día se le acercó una joven de catorce años y le espetó: Pesa ngai ndambo na mondele, que en lingala significa: “Dame un poco de tu blanco”. Me aseguró la Hna. María: “Antes podía tomarlo como la manifestación de cierto complejo, porque para los africanos los blancos somos una especie de personas todopoderosas, ricas, eficaces, listas y muchas cosas más. Pero sé que me lo dijo con cariño, para expresar admiración por mi entrega. Después de todo, saben que aquí vivimos peor que en España y que si estamos con ellos es porque los apreciamos por lo que son. Por eso, al decirme esta chica “dame un poco de tu blanco” no estaba manifestando un complejo de inferioridad por ser negra, no quería parecerse a mí por mi piel blanca, sino por mi disponibilidad, por mi entrega, por mi matema, es decir, por mi corazón”. 


El pez de Jonás realizado por Marcel

“Telema” es un centro que regentan en Kinshasa las misioneras españolas Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, para rehabilitar a personas que han perdido el juicio. Existe un taller ocupacional y en el hall de entrada hay un expositor con creaciones recientes, algunas realizadas con retales de telas. Me llamó la atención, cuando lo visité en el verano de 1996, un tapiz tejido con lana de varios colores que representaba un gran pez llevado en volandas por seis personas. Me dijo la Hna. Ángela Gutiérrez que lo había hecho Marcel, un estudiante muy inteligente pero esquizofrénico. Una de las Hermanas llevó a “Telema” una lámina que representa la historia de Jonás, se la dio y Marcel empezó a tejerla con lanas de colores. Tardó un año en rematarlo; después Marcel desapareció. Cuando volvió, al cabo de unas semanas, las Hermanas le preguntaron qué le había pasado. Les dijo que, como había terminado su trabajo, estaba “en la sombra” y que ya no tenía nada que hacer en este mundo. Le pusieron un tratamiento y estaba tejiendo otro tapiz. El congoleño está obsesionado con la medicina y con todo lo que trastorna el espíritu. Cuando se siente mal, dice “me ha comido el ndoki”, es decir, el mal espíritu, el brujo. Andaba por allí, para echar una mano en la rehabilitación de enfermos, el valiente teólogo congoleño José Mpundu, que organizó en Kinshasa varias manifestaciones pacíficas para exigir a Mobutu Sese Seko elecciones democráticas limpias y transparentes.


El musulmán que escuchaba en Dakar a los coros católicos

Lamine Dramé es un taxista senegalés de unos sesenta años que compró un taxi para trabajar en Dakar después de estar varios años en Estados Unidos y en Europa. El P. Francisco Carrera y yo lo contratamos en el verano de 2003 para visitar varios lugares de Dakar, como el mercado de Tilène, el Poblado Artesanal de Soumbedioune y la Gran Corniche, donde se yergue la Puerta del Tercer Milenio, un monumento modernista realizado por el brillante arquitecto senegalés Pierre Goudiaby. En la inauguración de este monumento se plantaron tres baobabs: uno por Abdoulaye Wade, Presidente de la República, otro por el Grand Serigne o jeque de Dakar, representante tradicional de la comunidad lebu, y otro por Théodore-Adrien Sarr, arzobispo de Dakar y actualmente cardenal.

Al llegar la hora del almuerzo, Lamine se apartó discretamente de nosotros, pero le pedimos que nos acompañara a comer. Cuando terminó su servicio, nos invitó a ir a su casa. Compró antes en un mercado una gran sandía y media docena de mangos. Su vivienda, muy sencilla, estaba a pocos metros del barrio elegante de Sacré-Coeur. En casa nos presentó a su mujer y a sus tres hijos. Partió la sandía para ellos y a nosotros nos agasajó con los mangos, que peló y seccionó con habilidad. Estaban deliciosos. Nos comentó que era musulmán, pero que tenía un gran respeto a los católicos que viven en Dakar, aunque son una minoría. “Algunos domingos, nos dijo, me detengo ante la puerta de una iglesia católica y escucho con atención los cantos de los coros. Son magníficos. Creo que a Dios le gustarán tanto como a mí”


.El paso de los loros

Borbón es un pueblo de la provincia ecuatoriana de Esmeraldas asentado junto al río Cayapas. Navegué en canoa por este río con el P. Corino, un sacerdote diocesano de Bérgamo que trabajaba con los misioneros combonianos. Conducía la barca, hecha con un tronco de madera, un espigado negro. A las seis de la tarde, el sol se perdía entre una densa neblina y se escuchó un concierto de pájaros y cigarras que coloreaba una bandada de loros. El timonel soltó una carcajada y canturreó con voz bronca: “Vámonos, patrón, que ya pasaron los loros”. Me explicó que el paso de los loros era la señal para dejar de trabajar y comentó: “Un día los loros no pasaron y los obreros del aserradero estuvieron trabajando hasta bien entrada la noche”.  


Fosforitos, un machete y el alboroto de los gallos

 En el parabrisas del autobús que me llevaría al pueblo ecuatoriano de Atacames con los combonianos Aarón Cendejas, mexicano, y Juan José Tenías, aragonés, había tres pegatinas con textos insinuantes: “No fío; quiero ser su amigo”; “Trabaja vivo; no envidies”; “Bienvenido, pero sin chismes”. Llevábamos esperando una hora; un joven se acercó con un cigarrillo entre los dedos y dijo al P. Aarón: “Caballero, ¿tiene usted un fosforito para que me regale?” El misionero buscó y rebuscó en los bolsillos de su chamarra y se disculpó: “Perdone, por la tardanza”. Al fin, encontró los fosforitos y obsequió al joven con una llama rojiza. “Gracias,  padresito”, musitó después de dar una calada profunda al cigarrillo. El caballero y padresito sonrió. El autocar arrancó con dificultad. En la primera parada, subió un mulato y depositó junto al conductor un machete descomunal. Delante de nosotros iba una mujer negra con dos gallos de vivos colores jaspeados; al ver entrar al mulato, aletearon atemorizados. La mujer acarició sus plumas, les susurró unas palabras ininteligibles y los gallos se apaciguaron. 

Gemelos de madera y lamentos nocturnos

El primer gran impacto emocional que recibí en África tuvo lugar en Afagnan (Togo) en el verano de 1977. Vi a una mujer de mediana edad que llevaba en la cintura dos estatuillas de madera toscamente labradas. Me resultó un aderezo extraño. El comboniano P. Juan José Tenías, gran conocedor de la lengua y de la cultura ewé, me explicó que no era un elemento decorativo, sino la señal de que se le habían muerto dos hijos gemelos. Me comentó también que cuando nacieron recibió los parabienes de toda la familia y de la comunidad, porque los gemelos en Togo son una bendición divina o una manifestación del vodú. El P. Tenías me comentó algunos aspectos relativos a los gemelos o venawio. Si son niño y niña es una señal de perfección, por la complementariedad; al niño lo llamarán akuete y a la niña akuele. “Si saludas a una persona gemela –me dijo–, debes preguntarle por su hermano. Los togoleses muestran especial admiración a una mujer que ha tenido gemelos. Si muere un gemelo, la madre dirá, cuando le pregunten por él, que ha ido al bosque a buscar leña (si es akuete) o que ha ido al río a buscar agua (si es akuele). Nunca dirá que han muerto. Cuando uno de los gemelos está enfermo y se le da algún medicamento para curarlo, hay que hacer lo propio con el hermano, aunque esté bien de salud. Lo mismo sucede si se da un regalo a un gemelo; hay que dar otro para su hermano”.

Poco después de cenar, me acosté en una cama habilitada en una especie de almacén. Estaba solo. Después de acostarme, protegido por una mosquitera, sudaba a chorros y me costó conciliar el sueño. De pronto, oí lamentos extraños e intermitentes. Me entró miedo, pero una o dos horas más tarde Morfeo se apiadó de mí y me dormí. A la mañana siguiente, le comenté al P. Tenías el incidente de los lamentos. Sonrió benévolamente y me comentó: “Ah, son los sapos”.


“Tú eres como el dedo meñique”

En Malaui el jefe del poblado de Kapingo, Arnold, exclamó, al enterarse de que tenía una hija llamada África: “¡Cuánto tiene que querer a nuestro continente para darle su nombre a una hija!”. Un domingo asistí a misa con el P. Francisco Carrera. Después de la misa, me presentó a la feligresía que abarrotaba una sencilla capilla construida por los cristianos con adobes. Allí estaba Arnold con cara de autoridad, aunque vestido con desaliño. Arnold tomó la palabra y me dijo que los asistentes me iban a dar algunos regalos. Y así fue: un pequeño saco de carbón, tres gallinas, ñame, un plato de arroz, una docena de huevos, 2 kwachas (la moneda Malaui), un florín (de 1964), un chelín (también de 1964), 20 tambalas (la fracción de la kwacha), coles, patatas y cañas de azúcar. Les agradecí los regalos y les dije que nunca olvidaría ese día. Al final de la celebración, fueron a darme la mano; primero el jefe y detrás de él toda la comunidad. Hubo después fuera de la iglesia un baile en mi honor llamado chiterere; las mujeres, descalzas, se contorsionaban frenéticamente al compás de varios tambores.

Cerca de allí vi a tres mujeres ya entradas en años –podría decirse que ancianas– que fumaban con deleite, absortas. Nada excepcional, si no fuera por un detalle: tenían los cigarrillos con el extremo encendido dentro de la boca. Ellas mismas desmenuzaban las hojas de tabaco y liaban los cigarrillos con papel de periódicos o de estraza.

Al despedirme del jefe Arnold, me entregó una carta, en la que me aseguraba en tono mayestático: “Yo y toda la gente de mi zona estamos contentos y orgullosos de ver que personas de tierras lejanas se interesan por nosotros y se consideran hermanos nuestros. Por eso, he querido haceros un regalo para que lo compartáis en nuestro honor con vuestra familia. No es mucho, pero os lo ofrecemos de corazón...” El regalo fue un pollo y varias hortalizas que regalé después a una comunidad de cristianos.

    

Cuando nos dispusimos a marchar, se me acercó un hombre de unos cincuenta años y me dijo: “Tú eres como el dedo meñique; estarás siempre conmigo; tenemos el mismo dedo”. Una bonita forma de fraternidad que me emocionó. Le estreché mi mano en señal de agradecimiento y solo acerté a repetir una de las pocas palabras que sé en chichewa: zikomo, zikomo (gracias, gracias). 


Las amazonas azande del P. Trivella

Dungu es una ciudad en la Provincia Oriental de Congo, en las inmediaciones del río Uele. La mayoría de la población es azande, un grupo étnico que vive también en Sudán y en la República Centroafricana. Dormí en la misión de los Misioneros Combonianos. Estaba en ella el misionero italiano Giovanni Trivella, encorvado y medio tullido. Había trabajado entre los azande de Sudán, país del fue expulsado en febrero de 1964 con otros 300 misioneros y misioneras combonianos por el gobierno de Jartum presidido por el general Ibrahim Abbud. El P. Trivella conocía muy bien las costumbres del pueblo azande, que se encontraba, según él, en franca decadencia.

Por la noche, vi a un grupo de chicas jóvenes y semidesnudas paseando por los alrededores de la misión con antorchas y palos en las manos. Eran las amazonas del P. Trivella. Este misionero había sido encarcelado y torturado en Sudán y tenía pánico a los salteadores. Organizó esta cuadrilla de mujeres, a las que les dio esta orden: “Si veis a gente sospechosa, gritad y agitad las antorchas”. Me contó el P. Trivella que algunas madres de estas chicas azande fueron muy valientes e ingeniosas durante la rebelión congoleña de los simbas en 1964: “Prepararon cerveza local en una gran tinaja, echaron veneno y se fueron; cuando llegaron los simbas, se atiborraron de cerveza y murieron como conejos”.

Este mismo misionero me contó lo que le sucedió en Sudán cuando estaba bautizando a varios chicos jóvenes. A todos los catecúmenos les hacía esta pregunta del rito tradicional, antes de bautizarlos: “¿Qué pedís a la Iglesia de Dios?” Uno de los chicos le respondió con toda naturalidad: “Unos pantalones”. El P. Trivella me aseguró que era impensable que ahora sucediera algo similar. “De todos modos, me dijo, hemos presentado a la Iglesia como poder, como el blanco de antes que siempre da; y, si no da, la gente se va a otra Iglesia o a una secta. Hay que depurar muchas intenciones, dejando muy claro que la Iglesia no es una multinacional, ni un papá Noel”.

En Dungu vi un gran gudu-gudu o tambor de madera, que se empleó en su día para lanzar mensajes a los azande que vivían en pueblos lejanos. Suele incluirse entre los llamados “tambores parlantes”, aunque realmente no es un tambor; está hecho con el tronco de un árbol, al que suelen darle forma de toro, y se golpea con palos para emitir sonidos. Asegura el musicólogo P. Filiberto Giorgetti en su libro Música africana que es “el rey de los instrumentos musicales africanos”.


El sida y las monjas clarisas españolas

 No estaban asustadas, pero sí preocupadas las monjas clarisas españolas que vivían en el monasterio de Waterfalls, cerca de Harare, capital de Zimbabue. Fundaron este monasterio en 1986 cinco religiosas del antiguo convento soriano de Santo Domingo. Entrevisté a estas religiosas en diciembre de 1984, cuando se preparaban para ir a Zimbabue. En Waterfalls las visité en el verano de 1990. Era domingo y brillaba un sol espléndido. Hablé con ellas después de participar en una misa en la que hubo cantos y danzas con ritmo africano.

Las monjas sabían muy bien que uno de los mayores problemas que tenía entonces Zimbabue era la proliferación de la enfermedad del sida. “Hay mucho sida –me aseguró la madre abadesa–, aunque el Gobierno no permite que se hable de ello. Un ministro ha muerto hace poco de esta enfermedad y su familia le quitó todo a su mujer; la dejaron en la calle y la acusaron incluso de ser la causante de la enfermedad y de la muerte de su marido, cuando la realidad es que los que contraen la enfermedad son los hombres debido a su conducta desordenada y a su infidelidad conyugal. El Gobierno no ha tomado las medidas que debiera, supongo que por ignorancia. Cuando le plantearon al ministro de Sanidad que había que hacer algo, respondió: Hay que dejar a la gente que goce, que sea feliz”.

En Zimbabue se moría mucha gente y se aseguraba que el 80 por ciento de los soldados eran seropositivos. “El Señor –me dijo la madre abadesa– no puede querer estas cosas. Ante el drama del sida, empiezan a surgir muchas habladurías. Hace tres o cuatro meses unos curanderos extendieron el bulo de que la enfermedad se curaba violando a una chica virgen, si era negra, o acostándose con una mujer blanca, aunque no fuera virgen. Se dieron muchos casos de violaciones, aunque parece que esto ha remitido”. “¿Y ustedes no tuvieron miedo?”, le pregunté. “Miedo miedo, no; pero sí cierta preocupación. A nosotras nos respetan muchísimo, porque nos ven como lo que somos: mujeres consagradas a Dios. Al africano esto le impacta mucho, porque todos tienen una gran estima de lo sagrado”.

Aunque en Zimbabue, como me ratificó la madre abadesa, estaba prohibido informar sobre el sida, los misioneros y las misioneras daban charlas sobre las causas de la enfermedad, que allí eran sobre todo las relaciones sexuales extramatrimoniales. La playa de 


Benín: la playa en la que nadie se bañaba

El camino que enlaza la ciudad de Uidah (Benín) con la costa atlántica está sembrado de esculturas alegóricas que hacen referencia a la trata de esclavos entre los siglos XVI y XIX. Después de visitar la fortaleza portuguesa de São João Baptista, donde eran agrupados los esclavos antes de ser trasladados a la costa para introducirlos en los barcos negreros, recorrí a pie este peaje de la vergüenza de nueve kilómetros. A derecha e izquierda iban surgiendo estatuas con símbolos de los reyes de Abomey, dueños de estas tierras antes de la llegada de los colonizadores europeos. Muy cerca del mar había un recinto con varias esculturas de negros trabados con grilletes.

A la izquierda de la misma carretera se elevaba una escultura de hierro oxidado que representaba a una sirena; llevaba sobre el hombro izquierdo a un niño y una niña, en la mano izquierda unas sonajas y con la derecha sostenía una trompeta incrustada en la boca. Se añadía a la composición escultórica un pequeño tambor. La escultura estaba en una plataforma con placas de mármol en la que figuraba su título: “El árbol del olvido”. Allí constaba que fue inaugurada el 7 de febrero de 1993 por Nicephore Soglo, entonces presidente de Benín. Pero lo más importante era lo que evocaba. Se leía en francés en una placa de mármol: “En este lugar se encontraba el árbol del olvido. Los esclavos varones tenían que dar nueve vueltas a su alrededor y las esclavas siete. Finalizado este rito, los esclavos eran considerados amnésicos; olvidaban completamente su pasado, sus orígenes y su identidad cultural, para convertirse en otros seres, sin voluntad para reaccionar o rebelarse”.

Ya a pie de playa, había un grandioso monumento llamado “La puerta del no retorno”. Se levantaba a escasos metros de donde los esclavos eran subidos a barcas para ser transportados a los barcos negreros, que no podían fondear a la orilla. Observé que en esta playa no se bañaba nadie, a pesar de estar el mar en calma. Me comentó un acompañante beninés: “Los benineses no se bañan en esta playa porque les recuerda que aquí embarcaron a los antepasados que nunca retornaron”. Le pregunté: “¿Lo hacen por respeto a su memoria?” Y me respondió sin dudarlo: “Naturalmente”.  


La pick-up de Bambo Francisco

Lirangüe es un pueblo situado a 280 de Lilongüe, capital de Malaui. La puerta de entrada a la misión comboniana está coronada por una gran buganvilla con flores rojas que corona un letrero con la palabra Welcome (Bienvenido). Muy cerca de la misión pasa el río Lirangüe. Es más bien un riachuelo que discurre flojo de agua entre piedras roídas por la erosión. Al lado de la carretera que une Lirangüe con Blantyre, la antigua capital de Malaui, se forma todos los días un mercado variopinto con ñame, pescado seco, caña de azúcar, vasijas de barro, tomates, harina de maíz y un sinfín de telas multicolores.

En esta misión trabajaba en 1990 el comboniano español Francisco Carrera, que estuvo antes en la redacción de Mundo Negro mientras estudiaba periodismo. Paco usaba una Toyota tipo pick-up matrícula BH 3178 color crema claro, que se conocía casi a ciegas todos los senderos que comunican entre sí los más apartados grupos de cabañas, a veces por intrincados vericuetos sembrados de piedras ásperas, otras por inmensos roderones excavados en una tierra negra. “Ahora –me dijo Paco– esta tierra es dura, pero en la época de las lluvias se convierte en una pasta espesa que se pega a las ruedas y no te permite avanzar. Cuando llegué aquí, sobre todo cuando me asignaron la zona de Kavalo y Lázaro, pasaba por los caminos y veía que mucha gente iba andando, porque no hay ningún transporte. Siempre se habla de la pobreza, y soy consciente de que pobre como ellos no puedo ser. Yo llevo coche y aquí nadie tiene coche. Lo que sí puedo hacer es poner el coche a disposición de la gente, sobre todo cuando está enferma o va cargada, como ellos ponen su casa y su comida a mi disposición cuando voy a visitarlos a un poblado. De esta manera, formo un poco parte de ellos, de todos, porque me detengo para que suba todo el mundo, sin distinción de religiones”.

Me comentó Paco que son perceptibles los gestos de agradecimiento de la gente; al detener el coche muchos se acercan a la ventanilla, juntan las manos y repiten varias veces zikomo, zikomo, bambo (gracias, gracias, padre). Pero, además, a la pick-up suben varios chiquillos que cantan sin cesar. “La gente de aquí –subrayó Paco– es profundamente agradecida y te lo expresa a cada momento. La palabra zikomo sirve de saludo y de agradecimiento. Los chicos suben a la pick-up para divertirse. Yo a esta gente la quiero de verdad, y si los niños te aceptan desde el principio es una forma de decir que yo formo también parte de su comunidad. Para ellos viajar en la pick-up, aunque solo sea dos kilómetros, que a veces tienen que desandar a pie, es el gran acontecimiento del día. Por eso cantan. A una de las canciones tradicionales le cambiaron la letra que viene a decir lo siguiente: ‘Bambo Francisco nos quiere, / visita a nuestros enfermos / y nos sube en el coche’. Un día me detuve para coger a una anciana y los niños se pusieron a cantar ‘Bambo Francisco nos quiere / y ayuda a los ancianos’. Para mí lo más importante es que hemos llegado a un punto en el que nos sentimos a gusto los unos con los otros, de modo que me ven como parte del poblado”.


 "A esta hoja hay que ponerle pies"

En África existe un lenguaje desenfadado y a veces guasón usado por guardias y policías para pedir una propina. La palabra más común es “café”. En Lomé, capital de Togo, un guardia le pidió los papeles del coche al misionero P. Antonio Arbor, mientras le suplicaba en voz baja: “Un café para este pequeño hermano que está al sol”. Hay otras fórmulas igualmente ingeniosas: “Hace demasiado calor y tengo sed”; “Hay que regar el viaje de tus hermanos”; “Es de noche y hace frío”; “Se acabaron las judías”. En Angola a la propina la llaman gasosa y se suele decir: “El almuerzo es muy caro”. En los países de habla suahili emplean la palabra chai (té), kitu (algo) y kidogo (un poco); en Mozambique usan chá para designar esta clase de té. En Kenia se dice, además: “Hablemos la otra lengua”. En Camerún lo bordan: “A esta hoja hay que ponerle pies”; es la fórmula con la que un empleado de la Administración pide una propina al ciudadano que desea tramitar un impreso. El precio de los “pies” varía según las necesidades del funcionario o de la prisa que le exija el solicitante. 


El regateo en los mercados africanos

Regatear o discutir el precio de una pieza –sea estatuilla o máscara– forma parte del ritual de la compraventa en África, como sucede, por otra parte, en el Rastro de Madrid. Eso, sí, una vez que ofreces un precio, lo tienes que respetar. El vendedor sabe muy bien el valor de la pieza y hasta dónde puede bajar el precio. Yo tengo por costumbre ofrecer la quinta o sexta parte de lo que me piden, porque para subir siempre hay tiempo. En Lomé, capital de Togo, había en 2001 tres grandes mercados: Adawlato, con 8.500 metros cuadrados; Hedzranaré, con 87.000 metros cuadrados, y Asigamé, con epicentro al lado de la catedral, uno de los pocos vestigios que quedan del arte colonial alemán. En este último mercado un vendedor me pidió por una estatuilla de madera un precio exagerado: 20.000 francos CFA (unas 6.500 pesetas). Le dije que le podía dar 4.000 francos (unas 1.300 pesetas). Se echó a reír. Le comenté, para convencerle, que la pieza que me vendía no era de ébano, sino de madera pintada de negro. Me aseguró por sus ancestros que era realmente de ébano. Le comenté: “Trae un caldero de agua”. Él sabía como yo que el ébano no flota en el agua. Esbozó una sonrisa y me dijo que a él se la había vendido su autor como ébano. Me la dio por 4.000 francos CFA.

Otro día, en el Mercado de los Fetiches, situado en el barrio de Akodesewa, vi, además de toda clase de amuletos mágicos y ungüentos seductores, un sinnúmero de máscaras y estatuillas, tallas de bronce grandes y pequeñas, tronos ewé... Los vendedores canturreaban insistentemente su mercancía. Como creían que yo era italiano, repetían: “buon mercato”. Me fijé en una máscara fang–en estas máscaras se inspiró el pintor italiano Amedeo Modigliani–, me acerqué, la cogí y le pedí precio. Me dijo que 60.000 francos CFA. Meneé la cabeza y le dije que 10.000. Bajó a 55.000. Subí a 12.000. Bajó a 50.000. Subí a 15.000. Dijo muy serio que ni hablar. Añadí una máscara que me pareció en línea con las llamadas “máscaras blancas” punu de Gabón, y le dije con firmeza: 40.000 las dos. Se rió, le di la mano y le repetí 40.000. Aceptó el trato.

Alguien puede creer que este regateo es una forma de explotación a los vendedores africanos. No es así. Son sencillamente las reglas del mercado que los mismos africanos practican entre sí para cualquier transacción. Pasan a veces horas discutiendo el precio, porque en los mercados el tiempo transcurre muy lentamente.

Un collar de marfil

En Malaui compré tres bonitas figuras de marfil que representan a un hombre, a una mujer y a un águila pescadora. El vendedor vivía en un gran chalé cerca de Blantyre, una populosa ciudad que fue la primera capital del país. Me pidió por las tres piezas 50 dólares. Le ofrecí 10. Bajó a 25, pero me mantuve en mi oferta. Recapacitó, bajó a 15 y después a doce. Le sonreí y le comenté: “Si se entera mi mujer que he pagado 12 dólares por estas piezas, me da una paliza”. El hombre se fue a alguna dependencia interior y salió con un collar de marfil con las cuentas talladas. Me lo ofreció con estas palabras: “Se lo regalo para que se lo dé a su mujer y no le pegue”. Le di con mucho gusto los 12 dólares. 

Los gatos de Deng Xiao Ping en el palacio de N’Sele

En el verano de 1996 vi en el entonces Zaire uno de los palacios del presidente Mobutu Sese Seko, construido por arquitectos y artesanos chinos en N’Sele, a unos 60 kilómetros de Kinshasa. Se conocía popularmente como “Pekín”. El palacio se comunicaba por medio de una carretera festoneada de farolas con la sede del partido único Movimiento Popular de la Revolución, que ni era movimiento, ni era popular, ni mucho menos revolucionario. El palacio de N’Sele parecía un Versalles oriental, con un estanque artificial con sistema oxigenado de agua, columnas pintadas con sangre de cerdo, tejados con tejas vidriadas verdes y rosas, salones con artesonados de madera pintados con escenas de dragones, panteras y leopardos... Un derroche de pompa, ostentación y dinero. Este palacio se construyó, para más contrasentido, durante la etapa más aguda y fervorosa de la authenticité, de la vuelta a las raíces.

El palacio de N’Sele estaba vacío, y ya empezaban a enmohecerse las maderas nobles que sujetaban las tejas esmaltadas de verde y azul. Este fasto imperial estaba abandonado. En el frontal de un pasadizo se acurrucaban dos gatos –uno negro y otro pardo– para hacer buena la máxima de Deng Xiao Ping: “no importa si el gato es blanco o negro; lo importante es que cace ratones”.

 

Los talibé pedigüeños

Por las calles más céntricas que salen asimétricamente de la Plaza de la Independencia de Dakar menudean bana-bana (vendedores ambulantes) y jóvenes desocupados. Por las tardes se unen a ellos los talibé (estudiantes) que piden limosna con una lata (keuleu). Me aseguran que hay en Senegal cien mil talibé repartidos en federaciones, secciones y subsecciones. Por la mañana van a alguna de las muchas escuelas coránicas (daara) que hay en Senegal. Yo visité una en el barrio de Yoff; los chicos canturreaban suras del Corán en unas tablas de madera.

La recaudación de los talibé es para el morabito de alguna de las cuatro grandes cofradías musulmanas senegalesas: Qadiriyya, Tijaniyya, Mourides y Layènes. Uno de los morabitos senegaleses más notorios e influyentes es el multimillonario Serigne Mbacké Sokhna Lô. Califa de los Mourides, es nieto de Cheikh Ahmadou Bamba, que fundó en 1883 la Mouridiyya (en árabe, la vía de los que tienden al Creador). Amigo del lujo y de la ostentación, basa su fortuna en la ganadería, en la agricultura y, sobre todo, en los “dones” que recibe de los cheiks y de los talibés.

Me comentaron en Dakar que estos chicos pedigüeños se enfrentan a un duro castigo corporal si el morabito, al recibir por la noche la recaudación, considera que es escasa. 


Algunos incidentes en Guinea Ecuatorial

En junio de 1984 participé como invitado en el I Congreso Internacional Hispánico-Africano de Cultura, celebrado en Bata (Guinea Ecuatorial). El entonces ministro ecuatoguineano de Información, Turismo, Arte y Cultura, el escultor y buen amigo Leandro Mbomio, al que conocí en España cuando militaba en el FAM (Frente Anti-Macías), me manifestó su contrariedad porque al frente de la delegación española no estaba el ministro español de Cultura, Javier Solana. “No se ha dado cuenta, me dijo, que en este Congreso se está jugando la batalla de una Guinea Ecuatorial hispánica y bantú. Él estaba a favor de potenciar esta doble realidad histórica y cultural frente a los intereses de otras potencias como Francia. De hecho, a Mbomio le tachaban sus rivales de españolista. Estuvo al frente de la delegación española el diplomático Eduardo Garrigues, a la sazón Subdirector General de África Subsahariana en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Mbomio se consoló después diciéndome: “Lo importante es que el Congreso ha tenido lugar y que en él ha estado el presidente”. Sirvió de muy poco. Poco tiempo después Francia suplantó en Guinea Ecuatorial la presencia y la influencia de España.

Leandro Mbomio falleció a los 74 años el 12 de noviembre de 2012. Fue llamado con toda justicia “El Picasso negro”. En 1974 fue a verme a la redacción de Mundo Negro. Me regaló una serigrafía titulada “Eld Ayong” con la dedicatoria: “A su amigo Gerardo con el afecto de siempre”. Tres años después, me obsequió con una hermosa escultura de barro, que guardo como una reliquia. Cuando fue derrocado Francisco Macías, el 3 de agosto de 1979, me manifestó su propósito de volver a Guinea Ecuatorial. Le comenté que me parecía bien, pero le aconsejé que no se metiera demasiado en la política activa, sino que continuara con su actividad artística. “Ha llegado la hora de servir a mi pueblo”, me contestó con convicción. Una vez nombrado ministro, Leandro Mbomio dejó de producir obras de arte.

Hubo durante la celebración del Congreso dos incidentes que demostraron bastante improvisación. El primero tuvo que ver con el protocolo. El embajador español en Guinea Ecuatorial quería que comiéramos en la Embajada, mientras que el gobierno ecuatoguineano deseaba que fuera en una dependencia estatal porque éramos sus invitados. Toda la comida, la bebida y los cubiertos los proporcionaba España, pero el gobierno de Teodoro Obiang deseaba demostrar que era capaz de acogernos dignamente. Estuvimos unas horas esperando que se resolviera este conflicto protocolario. Al final, comimos en una dependencia estatal.

El otro incidente nos afectó al P. Antonio Villarino, director de Mundo Negro y a mí, que formábamos parte de la delegación española. Nos habían reservado una habitación a cada uno en un hotel adecentado recientemente para los delegados españoles. A última hora, nos suplicaron a Villarino y a mí que durmiéramos en la misma habitación con dos camas, porque había que acoger a familiares del escultor español asentado en Guinea Modesto Gené Roig, que había fallecido en octubre de 1983. Lo aceptamos con resignación y con una ventaja: en las habitaciones que nos habían asignado no funcionaban las duchas y en los servicios no había papel higiénico. 


“Champú” para el Niño-Dios

Los indios cayapas o chachis de Ecuador celebran la Navidad en Punta Venado, que es para ellos un pueblo sagrado, porque allí entierran a los difuntos. Así me lo cuenta en Santa María de los Cayapas la misionera comboniana italiana Domenica. La víspera de Navidad por la tarde el gobernador cayapa va a la capilla seguido de todo el pueblo, abre un cajoncito, saca a unos Niños-Dios muy viejos y los pone dentro de una sábana que llevan los fiesteros, unas seis personas designadas el año anterior. Tocan la marimba y con velas encendidas, llevan en procesión al Niño-Dios a la casa grande del gobernador. Ponen al Niño-Dios en un nicho y le ofrecen un saco de cigarrillos y varias botellas de agua de colonia. Luego con la música de la marimba empieza el baile de los santos. Al sonido de la marimba llegan todas las mujeres ataviadas con sus mejores adornos. Un novio, que lleva la cabeza adornada con una cinta roja, está sentado cerca del nicho del Niño-Dios y de una botella de aguardiente. Un grupo de mujeres da los últimos toques al trasiego del “champú”, una bebida que se ha preparado varios días antes con maíz.

 

 Velorio en los Andes

Asistí en Cerro de Pasco, en junio de 1980, a un velorio o velatorio en compañía del misionero comboniano P. Isidro Sans. El espectáculo era sobrecogedor. En medio de dos filas de hombres y mujeres sentados había un catafalco sobre el que se encontraba un pequeño ataúd en el que yacía el cuerpo de una mujer envuelto en una sábana. Las mujeres estaban fumando. Un joven tenía una botella de pisco en la mano. Varios velones proyectaban su luz sobre el crucifijo que presidía el catafalco. No había en los rostros ninguna señal de duelo y sí de indiferente resignación. El P. Sans rezó unos padrenuestros, entonó un canto y dio una bendición a la difunta. Cuando salimos me dijo que normalmente estos velorios acaban en una borrachera general entre el pisco, la coca mascada y el tabaco. 

 

Las momias de Guanajuato

Estuve en el verano de 1980 en Guanajuato, una de las ciudades más bellas de México. Visité primero el Cerro del Cubilete, donde se encuentra el monumental Cristo de la Montaña; mide 20 metros y pesa 80 toneladas, lo que lo convierte en la estatua de Cristo más grande del mundo realizada en bronce. La actual iglesia y el Cristo Rey se levantaron en los años cuarenta. Hubo antes un monumento que fue bombardeado y dinamitado en 1928 por orden del presidente mexicano Plutarco Elías Calles, durante la llamada guerra Cristera. Me sorprendió sobre todo una gigantesca corona de espinas dentro del templo.

Con estas emociones a flor de piel, bajé del cerro y fui a ver el impactante Museo de las Momias, más de un centenar de cuerpos de mujeres, hombres y niños momificados, exhumados desde 1865. Un folleto explicativo aseguraba que allí se encontraba la momia más pequeña del mundo: el cuerpo momificado de un feto. La momificación no fue obra de expertos, como se hizo con las momias de los faraones en Egipto, algunas de las cuales había visto en el Museo Británico. Estos cuerpos estaban momificados debido a las especiales condiciones del subsuelo del lugar, enriquecido con nitratos y alumbre. Por eso, más que momias parecían cuerpos curtidos con la piel amarillenta.